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# Una democracia que envejece, un futuro que desaparece
- URL: https://www.referentecultural.com/una-democracia-que-envejece-un-futuro-que-desaparece/
- Published: 2026-10-20T02:09:24.000Z
- Updated: 2026-10-20T02:09:24.000Z
- Author: Randolf Rincón Fadul

*Las protestas juveniles en Europa revelan una tensión que va mucho más allá de la precariedad económica: ¿qué ocurre cuando una sociedad envejece y las generaciones que deberán sostener su futuro tienen cada vez menos influencia sobre las decisiones del presente?*

Durante décadas, crecer significaba avanzar. Estudiar, conseguir un empleo, comprar una vivienda y formar una familia eran etapas de una vida que, con esfuerzo y algo de suerte, prometía ser mejor que la de nuestros padres. Esa expectativa no siempre se cumplía, pero existía. Era parte del acuerdo tácito sobre el que se construyeron muchas de nuestras sociedades.

Hoy, para millones de jóvenes, ese acuerdo parece haberse roto.

En Francia, Italia, Bélgica, España y Portugal, miles de estudiantes y trabajadores jóvenes han salido a las calles para protestar contra el deterioro de la educación, el costo de la vivienda y unas perspectivas económicas cada vez más inciertas. Las reivindicaciones son distintas, pero comparten una inquietud: la sensación de que estudiar y trabajar ya no garantizan las oportunidades que disfrutaron las generaciones anteriores.

Las manifestaciones no son un fenómeno exclusivamente europeo. Durante los últimos años, movimientos protagonizados por jóvenes han contribuido a provocar cambios de gobierno en países como Bangladés, Nepal y Madagascar. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre estos movimientos y los que hoy recorren Europa.

En buena parte del mundo, los jóvenes representan una fuerza demográfica considerable. En Europa, por el contrario, son una proporción cada vez menor de la población. Y esa diferencia importa más de lo que parece.

## Una democracia que envejece

En 2023, el politólogo Tim Vlandas, de la Universidad de Oxford, propuso un concepto para explicar una de las consecuencias menos discutidas del envejecimiento demográfico: la *gerontonomía*.

El término describe una economía política en la que el creciente peso electoral de las personas mayores puede llevar a los gobiernos a privilegiar la protección de pensiones, ahorros y patrimonio por encima de las inversiones necesarias para impulsar el crecimiento y las oportunidades futuras.

La idea parte de una observación sencilla: las prioridades económicas cambian a lo largo de nuestra vida. Quien comienza su carrera profesional necesita una economía dinámica, acceso a la educación, empleos bien remunerados y viviendas asequibles. Quien llega a la jubilación suele conceder mayor importancia a la estabilidad de sus ingresos, la conservación de sus ahorros y el acceso a servicios de salud.

Ambas aspiraciones son legítimas. El problema aparece cuando el equilibrio político entre ellas comienza a desaparecer.

En una democracia, los gobiernos responden a los intereses de sus electores. Y las personas mayores, además de representar una proporción creciente de la población, suelen participar más activamente en las elecciones. Esto les concede una influencia política superior a su peso demográfico.

Según Eurostat, a comienzos de 2025 las personas de 65 años o más representaban aproximadamente el 22 % de la población de la Unión Europea, una proporción que seguirá aumentando durante las próximas décadas.

La consecuencia es una paradoja: cuanto más envejece una sociedad, mayor puede ser la influencia política de quienes tienen menos años por delante sobre decisiones cuyos efectos se prolongarán durante generaciones.

Vlandas denomina gerontonomía al posible resultado de este proceso: **un estancamiento económico sostenido mediante decisiones democráticas**.

Esto no significa que las personas mayores deseen perjudicar a los jóvenes. Significa que la suma de decisiones individuales perfectamente razonables puede producir consecuencias colectivas perjudiciales a largo plazo.

## El precio de mantener las cosas como están

Francia ofrece un ejemplo de estas tensiones. En 2023, el intento del presidente Emmanuel Macron de elevar la edad de jubilación de 62 a 64 años provocó una oleada de protestas. Millones de ciudadanos se movilizaron para defender un sistema que consideraban parte esencial de sus derechos sociales.

Tres años después, las calles francesas vuelven a llenarse de manifestantes. Esta vez, muchos son estudiantes que reclaman mayores inversiones en educación y mejores perspectivas para su futuro.

Unos protestan para conservar las condiciones de su jubilación. Otros, para conseguir las oportunidades que les permitan algún día llegar a ella.

Ambas demandas compiten por recursos públicos que no son ilimitados. El envejecimiento vuelve especialmente difícil esa distribución. En los sistemas pensionales financiados mediante las contribuciones de los trabajadores actuales, el equilibrio depende de que exista una población activa suficientemente amplia para sostener a quienes ya se han retirado.

Pero los europeos tienen menos hijos y viven más años. Cuando disminuye la proporción de trabajadores frente a pensionados, financiar las obligaciones existentes exige aumentar las contribuciones, modificar las prestaciones, prolongar la vida laboral o recurrir a impuestos y deuda pública. Ninguna alternativa es políticamente sencilla.

Aquí aparece una cuestión que trasciende la contabilidad pública: ¿hasta qué punto es justo garantizar determinados beneficios presentes mediante compromisos que deberán financiar personas que todavía no tienen una participación equivalente en las decisiones?

No se trata de desconocer los derechos de quienes trabajaron durante décadas. Se trata de reconocer que esos derechos deben convivir con los de quienes apenas comienzan a construir su vida, y que ninguna sociedad puede sostener indefinidamente sus promesas si deja de invertir en las condiciones que harán posible cumplirlas.

## La generación que no encuentra su lugar

La frustración de los jóvenes europeos no surge únicamente de los debates sobre las pensiones. En agosto de 2026, el desempleo juvenil en la Unión Europea se situó en el 15,4 %, frente a una tasa general del 6,1 %. En España, más de uno de cada cinco jóvenes activos se encuentra desempleado. En grandes ciudades como Londres, París o Madrid, el precio de la vivienda ha convertido la independencia económica en una aspiración cada vez más difícil.

Una generación que ha recibido más educación formal que muchas de sus predecesoras descubre que esa preparación no necesariamente se traduce en estabilidad.

Se le pide estudiar más, adaptarse a los cambios tecnológicos, competir en una economía global y prepararse para un mercado laboral en transformación permanente. Al mismo tiempo, encuentra salarios insuficientes, viviendas inaccesibles y Estados con presupuestos comprometidos durante décadas.

El problema no es solamente que los jóvenes tengan dificultades. Todas las generaciones las han tenido. La diferencia es que muchos empiezan a perder la convicción de que el esfuerzo individual pueda conducir al progreso. Y cuando esa expectativa desaparece, también comienza a deteriorarse la confianza en las instituciones.

Sin embargo, sería un error atribuir toda esta situación al envejecimiento. La concentración de la riqueza, la baja productividad, las decisiones urbanísticas y las transformaciones del empleo explican buena parte de estas dificultades.

La gerontonomía no reemplaza esas explicaciones. Ayuda a comprender por qué puede resultar políticamente tan difícil corregirlas.

## Un conflicto que no es entre jóvenes y viejos

Hay una contradicción especialmente reveladora en este debate. Muchos jóvenes europeos que hoy reclaman mayores oportunidades también participaron en las protestas contra las reformas pensionales. A primera vista, parece incoherente. ¿Por qué defenderían prestaciones cuyo costo podría recaer sobre ellos mismos?

**Porque las generaciones no viven aisladas.**

Una pensión puede sostener económicamente a toda una familia. Un joven que todavía vive en el hogar familiar puede beneficiarse directamente de la pensión de sus abuelos. Y reducir las prestaciones a los mayores también podría obligar a sus hijos a asumir mayores responsabilidades económicas.

La solidaridad familiar y la solidaridad entre generaciones son realidades que no desaparecen por el hecho de que existan intereses económicos diferentes. Además, no todos los mayores son propietarios acomodados ni todos los jóvenes carecen de patrimonio. En muchos casos, las diferencias de riqueza dentro de una misma generación son mayores que las que existen entre generaciones. Por eso, presentar este fenómeno como una lucha de jóvenes contra viejos sería una simplificación.

El verdadero conflicto está entre la necesidad de preservar lo que hemos construido y la obligación de seguir creando oportunidades para quienes vendrán. Una democracia debe ser capaz de hacer ambas cosas.

## Envejecer antes de enriquecerse

Aunque Europa concentre hoy buena parte de la atención, estamos ante un fenómeno mundial.

Japón lleva décadas enfrentando las consecuencias de una población envejecida. China experimenta una rápida transformación demográfica. Corea del Sur registra la tasa de fecundidad más baja del mundo.

América Latina tampoco está al margen. La región está envejeciendo a un ritmo acelerado, pero con una diferencia decisiva respecto a buena parte de Europa: muchos de sus países todavía no han alcanzado niveles comparables de productividad, riqueza o protección social. Tendrán que financiar las necesidades de una población mayor mientras siguen enfrentando déficits importantes en educación, infraestructura, empleo formal y acceso a la vivienda.

En otras palabras, corren el riesgo de envejecer antes de enriquecerse.

Eso no significa que todos estos países estén condenados a reproducir la gerontonomía europea. Sus instituciones, sistemas pensionales y estructuras económicas son diferentes. Pero comparten un desafío: construir acuerdos sociales que permitan responder al envejecimiento sin debilitar las posibilidades de desarrollo.

Porque vivir más años debería ser una conquista que celebrar, no una razón para resignarnos al estancamiento económico.

## El futuro también necesita representación

Nuestras democracias tienen una limitación estructural: quienes todavía no han nacido no pueden votar.

Sin embargo, muchas de las decisiones que tomamos hoy determinarán sus oportunidades. La deuda pública, las reformas pensionales, la educación, la infraestructura y la respuesta al cambio climático producirán efectos mucho después de que quienes aprobaron esas políticas hayan abandonado el poder.

Las generaciones futuras no participan en las elecciones, pero heredarán sus consecuencias. Por eso, gobernar pensando únicamente en el próximo ciclo electoral puede terminar comprometiendo décadas de desarrollo.

La respuesta no consiste en reducir los derechos políticos de los mayores ni en enfrentar generaciones. Consiste en reconocer que la democracia necesita mecanismos capaces de incorporar el largo plazo en decisiones que, por naturaleza, suelen responder a necesidades inmediatas.

También exige una conversación más difícil: aceptar que no todos los beneficios presentes pueden preservarse sin cambios y que la sostenibilidad de nuestros acuerdos sociales depende de la prosperidad de quienes vendrán después.

Las protestas que hoy recorren Europa son una expresión de frustraciones diversas. No todas tienen el mismo origen ni persiguen los mismos objetivos. Pero, observadas en conjunto, plantean una pregunta que ninguna sociedad envejecida debería ignorar.

Durante buena parte del siglo XX, la promesa del progreso consistió en que nuestros hijos vivirían mejor que nosotros. Esa expectativa sostuvo el esfuerzo de millones de familias y ayudó a legitimar nuestras instituciones.

Hoy, para muchos jóvenes, esa promesa ha dejado de parecer evidente.

Y quizá ese sea el desafío más importante de nuestro tiempo: **conseguir que una sociedad que vive cada vez más años no termine pensando cada vez menos en el futuro.**